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¿Durará también treinta años el récord de precocidad de David Otorbi?

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Desde el pasado domingo, David Otorbi es el futbolista más joven en lucir la camiseta del Valencia CF en partido oficial: con apenas 16 años y 82 días pudo disputar los últimos ocho minutos del partido ante el Cartagena con su correspondiente tiempo adicional, dejando un par de detalles interesantes en banda derecha y recibiendo las felicitaciones de sus compañeros.

El anterior poseedor del récord de precocidad era Diego Ribera, un delantero de Ribarroja con habilidad y gran regate en corto que también tenía 16 años y 359 días cuando jugó su primer partido oficial: un Tenerife-Valencia de febrero de 1994 con Héctor Núñez como entrenador.

No hay ninguna duda de que, en un fútbol moderno que no regala nada a nadie, un debut como el de Otorbi merece todos los elogios posibles de cara al futbolista -por margen de progresión y futuro- y al entrenador que apuesta por él. De igual modo, dado que aquí apostamos por profundizar más en los análisis, también convendría analizar el contexto y las circunstancias que han confluido para que un récord con casi tres décadas de antigüedad haya sido pulverizado.

Planificación deficiente

Seré breve: la escasez de recursos con la que la dirección deportiva ha dotado a la primera plantilla de Rubén Baraja es el motivo fundamental de que ‘estrenos’ como el de Otorbi se hayan ido produciendo en el último año. ¿Recuerdan? La pasada temporada fueron Javi Guerra, Diego López y Alberto Marí y los que sacaron al equipo del pozo en su tramo final. Con Miguel Ángel Corona a la cabeza del departamento, la ausencia de fichajes y refuerzos de nivel suficiente para competir de manera holgada en Primera División han forzado al entrenador a mirar hacia abajo y tratar de ‘pescar’ en su propia Academia futbolistas que puedan echar una mano en momentos puntuales primero, y luego de manera habitual.

Posición específica

A ello se le suma la ausencia de jugadores de banda, con un caso particularmente sangrante como es el costado derecho del frente de ataque. Baraja afirmó en verano que deseaba que el club hiciese un esfuerzo en traerle un extremo, algo que finalmente no ocurrió. Ante la necesidad, el Pipo ha tirado de variedad: una decena de futbolistas han ocupado esa demarcación en los cinco meses de competición hasta el momento.

Por la derecha hemos visto caras más habituales (Fran Pérez, Diego López), otras reservadas a momentos o partidos puntuales (con Foulquier o Thierry cuando Baraja opta por el doble lateral), e incluso otros centrocampistas y mediapuntas reubicados o a pierna cambiada (Sergi Canós, Hugo González, Pablo Gozalbez o Marco Camus). Otorbi es un futbolista más específico de banda derecha, y Baraja lo tenía en su radar desde hace varios meses y entrenando en dinámica de primer equipo -a pesar de ser juvenil de primer año- debido a la ausencia de herramientas en su plantilla.

Daños colaterales en Paterna

Algo que ya es más que patente y que tiene difícil solución a corto plazo: el empleo de futbolistas jóvenes y canteranos para ‘reforzar’ la primera plantilla supone, a su vez, un debilitamiento del Valencia Mestalla, el Juvenil ‘A’ y otros equipos de referencia en la escalera formativa de la Academia. Es de cajón, pero parece que parte de la afición sólo se está dando cuenta ahora, cuando la racha del filial dirigido por Angulo tiene al Mestalleta en puestos de descenso a Tercera RFEF, y cuando el Juvenil ‘A’ está lejos de la cabeza en el Grupo 7 de División de Honor con el añadido, además, de haber sucumbido a las primeras de cambio en la Copa del Rey Juvenil ante Las Palmas (2-1).

Ese partido en Gran Canaria, con varios jugadores en edad cadete reforzando al Juvenil ‘A’ en su compromiso copero, ejemplifica muy bien el rompecabezas que los técnicos de la Academia -los grandes artífices del buen momento que vive la cantera blanquinegra y, sin embargo, los menos reconocidos y que menos elogios se llevan- tienen que confeccionar cada fin de semana en convocatorias y alineaciones. Porque si Baraja se lleva cuatro o cinco canteranos en su lista del primer equipo, esos huecos en el filial han de ser suplidos u ocupados por jugadores del Juvenil, que a su vez tienen que ser suplidos por otros futbolistas de otro equipo de la Academia… y así sucesivamente. El resultado: el rendimiento general de todos los equipos se resiente más que si pudiesen contar casi al completo con todos sus efectivos.

Huelga decir que en Paterna se trabaja desde el 1 de enero en paliar la situación sobre todo del filial, con movimientos de piezas e incorporaciones que estamos radiografiando y contando día a día. Pero no deja de ser un síntoma más de los daños colaterales de una manera muy específica de gestionar el club: la propiedad se niega a invertir para reforzar la primera plantilla, así que la prioridad es hacer encaje de bolillos para que el primer equipo ‘pite’. Porque, en caso de crisis de filial o juvenil, los fichajes o refuerzos son más asequibles y se pueden realizar prácticamente a coste cero, echando mano del escudo y del peso específico que el Valencia sigue teniendo en España a nivel futbolístico para atraer talento a sus equipos a coste muy reducido.

Un Valencia de mínimos y algo de historia

Volviendo a Otorbi y su récord de precocidad, toca preguntarse por qué la anterior marca fijada por Diego Ribera estuvo vigente casi treinta años. Para ello, un breve repaso histórico de la situación del club nos habla de un debut de Ribera por necesidad, en una temporada 93-94 en la que el Valencia tuvo cuatro entrenadores: Guus Hiddink, Paco Real, el anteriormente mencionado Héctor Núñez y de nuevo Hiddink, de regreso tras la victoria de Paco Roig en las elecciones presidenciales. Ribera tuvo minutos en 6 partidos oficiales; el último de ellos, aquel célebre Deportivo-Valencia en el que un penalti detenido por González dejó a los coruñeses sin el título de Liga.

Ribera nunca más tuvo opciones en el primer equipo del Valencia. Salió cedido al año siguiente al Hércules, luego tuvo algún fogonazo con el Mestalleta pero pronto su carrera, con un momento álgido en su etapa en el RCD Espanyol -con el que jugó otro partido de Liga en Primera- navegó entre equipos de Segunda y Segunda B. Una trayectoria más que digna para un buen delantero, que hizo más de 130 goles en 440 partidos de categoría profesional, pero que nunca volvió a tener tan cerca la gloria de triunfar como valencianista como aquellos meses posteriores a su debut en 1994.

¿Por qué? Por la obcecación de Paco Roig en construir aquel ‘Valencia Campeó’ que, a base de ambición y sin reparos en invertir -y endeudarse- en fichajes, construyó durante tres años un equipo que pasó de ser “animador de la Liga” -como decía Valdano- a ser candidato a la Liga en 1996 con Luis Aragonés como técnico. Luego fue campeón de la Intertoto -ya con Roig fuera de circulación-, campeón de Copa en 1999, doble finalista de Champions, campeón de Liga en 2002 y 2004 y campeón de la UEFA en 2004. Para ello, hubo que hacer un profuso trabajo de secretaría técnica, fichar bien y con acierto, vender mejor y maximizar el potencial de unos jugadores de talla mundial que se hicieron estrellas en el Valencia. Y eso, con escasísimas excepciones, era casi siempre un muro infranqueable para los canteranos que venían desde abajo: Mendieta, Albelda, Angulo, Palop, Albiol o David Silva son algunas de ellas.

En los últimos treinta años, el tiempo que va desde 1994 hasta la actualidad, el Valencia fue un equipo que creció, que triunfó y que, con más o menos acierto, se mantuvo en la élite española y europea con plantillas notables con nombres reconocibles. Algo que, desde 2019 y con Meriton al frente del club, ha dejado de ocurrir. Con una primera plantilla huérfana de jugadores de referencia y con apenas un par de puntales que permanecen en nómina -Gayà, Mamardashvili y alguno más-, las oportunidades florecen para los canteranos. Si había un momento para que el récord se batiese, era ahora: en pleno contexto de carestía y necesidad. Hace veinte años, quince o incluso diez, los objetivos y el nivel deportivo del Valencia no propiciaban este tipo de acontecimientos.

¿Cuánto durará este récord?

Ya ven: por un lado, la alegría de ver la sonrisa del joven David tras su debut, exultante y con toda su carrera deportiva por delante; por el otro, la necesidad de entender el contexto en que Otorbi y sus compañeros se mueven para saber que sí, que los debuts tempraneros son muy bonitos, pero que pueden entrañar riesgos estructurales cuando no se producen de manera orgánica.

Y ese es precisamente el riesgo que Otorbi tendrá que sortear a base de talento y regularidad: evitar ser ‘otro’ Diego Ribera y quedar en flor de un día, ganarse un puesto de privilegio entre los convocados cada semana por Baraja y gozar de más oportunidades en la élite. El entorno que le rodea es sano y seguro que será capaz de centrarse en hacerlo lo mejor posible. Bravo por el futbolista, por haberse ganado la oportunidad con su rendimiento en partidos y entrenamientos, y bravo por su entrenador que se la ‘juega’ poniendo a un chico en edad juvenil a jugar en la élite.

El nuevo récord de precocidad es anecdótico; de hecho, que su duración será mucho menor es seguramente una de las grandes conclusiones que extraemos de este análisis. El de Diego Ribera estuvo treinta años vigente por varias circunstancias muy particulares; en este Valencia de mínimos, que parte cada temporada con la permanencia como objetivo, sin fichajes y con una inversión mínima capitaneado por Peter Lim, lo normal es que acabe llegando otro debutante todavía más joven que Otorbi de aquí a unos años.

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