Algunos apuntes sobre ‘activismo’ tóxico y puesta en escena

Ayer fue un día particularmente interesante en la redacción. Ni mejor ni peor; sólo más interesante de lo normal por el hecho de tener nuestras redes sociales -habitualmente un remanso de paz sólo interrumpida por los tuits o posts con nuevas noticias y reportajes del periódico- inundadas de insultos, descalificaciones y faltas de respeto por parte de un nutrido grupo de seguidores del Real Madrid de todas las procedencias imaginables.

Cualquiera podría pensar que dicho hostigamiento obedecía a algo que, como medio de comunicación, hubiésemos hecho ‘mal’ o de forma cuestionable. Tras revisar los procesos de producción del lunes, no es el caso. Fue un lunes como otro cualquiera, con nuestras 12-15 noticias diarias publicadas, nuestras redes sociales gestionadas como siempre y, de manera extraordinaria, un par de respuestas en Twitter a dos youtubers -nada en contra de esta profesión, ni mucho menos- que se refirieron a nuestro medio de comunicación de manera despectiva, con formas macarras y poco edificantes. En ambas interacciones no hubo descalificación hacia ellos en ningún momento. Así que, tras una autoevaluación exhaustiva, podemos afirmar que no hicimos nada incorrecto.

Es difícil ser un medio de comunicación pequeñito, de nicho, que se dedica desde 2015 a promover los valores deportivos, del ‘fair play’ y de la formación. Es duro porque requiere de mucho trabajo, de muchas horas invertidas, de mucho esfuerzo y de mucho mimo a la hora de tratar cada noticia que publicamos. Sólo ese cuidado extremo que hemos tenido en el tratamiento de la información de deporte base que concierne a niños y niñas, incluyendo el lenguaje empleado y los enfoques informativos, nos han convertido en referente de la Comunitat Valenciana en este sentido para padres, madres, jugadores, clubes, entrenadores, árbitros e instituciones.

Nacimos para educar, y nueve años después seguimos intentándolo cada día. Por difícil que nos lo pongan algunos.

Verán: esa es la diferencia entre quienes ayer nos insultaron y nosotros. Uno de nuestros redactores, a través de un hilo en Twitter, compartió una serie de comentarios que -por mucho que puedan molestar a algunos- no dejan de estar expresados desde la honestidad, desde un punto de vista personal y -también es un punto a favor- sin faltas de ortografía. Todos ellos ingredientes que constituyen una de las bases de la convivencia: el respeto a las opiniones de los demás, algo fundamental en sociedad. Al menos, en una sociedad normal.

En cambio, nuestro redactor se topó con un hostigamiento infame por parte de una turba acrítica, alentada por dichos ‘youtubers’ que parecen retozar con gusto en la indignación que airean cuando otros osan decir o hacer lo que ellos hacen a diario (opinar). Su rastro de descalificaciones les llevó hasta este humilde periódico, y no tardaron en menospreciarlo como hacen con cualquiera que no les baila el agua o se sale de las líneas de lo que ellos consideran apropiado. A más ignorancia, más osadía. Y esta gente es muy osada: evalúan la importancia de un medio en base a los Likes, ‘clicks’ o seguidores que tiene, demostrando una estrechez de miras francamente sorprendente en pleno 2024.

Y todo con un pretexto -el racismo– que dichas masas enfurecidas han convertido en un cliché bufonesco. Han pervertido tanto el concepto que ya ni sabrían definirlo. Es doloroso. Porque es un problema muy real y muy grave de la sociedad, que en ESPORTBASE hemos denunciado en infinidad de ocasiones, con ejemplos claros, con sucesos lamentables en los campos, con episodios infames en todas las latitudes y categorías de nuestro país. Ninguno de ellos fue considerado digno de un documental de Netflix, pero sí merecían nuestra cobertura. Ese problema ha sido banalizado hasta el extremo con fines mercantilistas, dando como resultado el actual clima de toxicidad que se respira en el fútbol español y, con especial énfasis, en las redes sociales.

Mal iríamos si una turba de maleducados sin formación crítica nos impusiera la línea editorial, los contenidos del diario o a los miembros del equipo de redacción. Peor iríamos sin nos afectasen comentarios del tipo «no os lee nadie» o similares, porque por fortuna ahí están las métricas y -para nuestra alegría- nos lee mucha gente. Más de la que esperábamos al principio de este proyecto pequeño, bonito, artesanal y vocacional. Y todo provocado por la puesta en escena teatralizada en Valdebebas este lunes, con Netflix como invitado de excepción grabando todos los detalles de los sollozos de Vinicius Junior instantes antes de recibir una ovación de los presentes.

Una de las obligaciones desde el primer día aquí es discernir y marcar raya entre aquellos comportamientos ejemplares, replicables y con valores de las actitudes tóxicas, provocadoras y fuera de lugar. No nos gusta verlas en campos de fútbol-8, no nos gusta verlas en campos de fútbol-11 y, desde luego, no nos gusta verlas en estadios de élite. Por eso Vinicius es una figura compleja de etiquetar: porque por un lado gran parte de sus comportamientos representan el peor ejemplo posible para los niños, pero por el otro entendemos que él no deja de ser un futbolista joven que pide a gritos apoyo y ayuda para poder salir del círculo vicioso en él y su entorno se han instaurado.

No seríamos un medio formativo si no confiásemos al 100% en la capacidad de mejora del individuo. La gente piensa siempre en clave deportiva, en pegarle mejor al balón con la zurda o en tener un mejor posicionamiento en el césped. Pero controlar los impulsos, mejorar las actitudes, ser más respetuoso, focalizarse en la tarea -que la sabe hacer muy bien cuando quiere- y obviar esa necesidad permanente de ser el centro de atención serían habilidades muy útiles para el brasileño, que este lunes afirmó que «nadie» le apoya en su «lucha contra el racismo» cuando tiene detrás a multinacionales como Nike, Netflix, Pepsi o EA Sports magnificando y potenciando un relato mesiánico y distorsionado.

Igual que cualquier insulto racista que reciba Vinicius u otro deportista debe ser condenado, atajado y castigado con severidad, el futbolista algún día deberá entender que la animadversión que provoca su figura no tiene nada que ver con el color de su piel. No hay otra realidad más que esa, guste o no. Pero ese partido deberá jugarlo en solitario, y quizá contra el rival más duro que puede toparse: consigo mismo.

Mientras, hoy es martes y seguiremos con la actividad habitual. Aunque no tengamos un Netflix que documente nuestras andanzas, seguiremos informando, escribiendo noticias, haciendo entrevistas, promoviendo los buenos hábitos y los comportamientos de ‘fair-play’, buscando historias edificantes que valgan la pena y, desde luego, seguiremos recorriendo el camino marcado desde hace casi una década. Nos lean muchos, pocos o ninguno. Quienes nos insultan se cansarán pronto, en un par de días o semanas a lo sumo, porque pronto encontrarán otros asuntos, periodistas, medios o tuiteros a los que faltar al respeto enarbolando la falsa bandera del ‘activismo’ hacia unos derechos raciales que -en un gran porcentaje de casos- ellos mismos pisotearon en el pasado o en el presente.

Dicho de otra manera: tipos que exigen tener el trasero limpio a los demás… cuando ellos lo tienen muy, muy sucio.

Por suerte, ese perfil tan concreto lo tenemos bien definido: el de los abusones, los que pagan su frustración con terceros, los que tratan de intimidarte o coaccionarte. Los conocemos al dedillo y sabemos como lidiar con ellos. Con trabajo, con conciencia, con docencia… y con paciencia. Algo de lo que, por fortuna, aquí vamos sobrados.

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