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Los padres también juegan

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Javier Cordón. Licenciado en E.F. y Agencia Promoesport.
@cordonjavier

¡Gracias, papá! Gracias de corazón por, en ocasiones, haber estado ocupado no sólo en mí, sino en otras muchas cosas importantes y no disponer de tiempo para prepararme siempre la mochila, acompañarme a todos los entrenamientos, ni acudir a cada uno de los partidos que jugué. Gracias, una y mil veces.

Suena extraño, pero viendo en lo que se ha convertido cada fin de semana lo que rodea al fútbol formativo me considero un afortunado de que mi padre no se tomara como algo de vida o muerte que su hijo jugara al fútbol. Él, que tras morir su padre tuvo que ponerse a trabajar para sacar adelante a su hermana y su madre primero y a su mujer y tres hijos después, no siempre podía dejar de lado compromisos laborales para ir a ver todos mis encuentros. Se interesaba, sí. Pero tampoco me preguntaba demasiado si había marcado o cómo había jugado. Se tenía que conformar en vernos a mis hermanos y a mí jugando en la plaza de abajo de casa después de una dura jornada laboral. Su única obsesión era que no nos hiciéramos daño y que disfrutáramos al máximo jugando a lo que más nos entusiasmaba.

Sinceramente, no me gusta en lo que se han convertido los entrenamientos y los partidos de fútbol base. Si el principal objetivo del deporte en edad de formación (de 6 a 18 años) debe ser practicar deporte porque es una conducta saludable, te permite relacionarte con amigos y es capaz de hacerte pasar un buen rato; creo que nos estamos desviando del camino.

Asisto con mucha frecuencia a campos de fútbol y cada vez más observo conductas imprudentes de algunos entrenadores y a padres en ocasiones desinformados, sobreprotectores y obsesionados con sus hijos, cuando lo único que consiguen es que los niños salgan perjudicados y no puedan disfrutar de un deporte en el que tantas ilusiones tiene depositadas.

Grandes visionarios pedagógicos del siglo XX como María Montessori y Rudolf Steiner, compartieron la visión de que el ser humano nace con un potencial y un talento innato por desarrollar. La función principal del educador, es decir, de los padres, entrenadores, coordinadores deportivos, etc. es la de acompañar a los niños en su proceso de aprendizaje, evolución y madurez emocional. Por lo tanto, un programa deportivo-educativo debe ser lento, libre, sin atajos y respetando a todos los niveles la evolución del niño. Y mucho más en el fútbol, un deporte que al contrario de muchos otros, es de especialización tardía.

Todos lo que formamos parte del proceso formativo, tenemos culpa, o mejor dicho tenemos la responsabilidad de cambiarlo. ¿Pero, cómo hacerlo?

Vayamos por partes:

En primer lugar, los padres deben comprender el valor educativo del deporte. Ahí está realmente la clave. Una vez entendido esto, entenderán que no deben preparar a su hijo el camino, sino para el camino. Circunstancias a priori adversas como estar en el banquillo permite que su niño aprenda a luchar consigo mismo, aceptando que forma parte de un equipo y que no siempre llueve a gusto de uno. De esta manera aprenderá a tolerar la adversidad y a esforzarse para superarla en lugar de desanimarse.

A los progenitores les tiene que entrar en la cabeza que son padres, no entrenadores. Ser modelo de conducta conlleva mucha responsabilidad, porque los niños copian lo que ven en usted, por ello su forma de comportarse debe ser la ejemplar para que facilite el aprendizaje de una serie de valores que acompañan al deporte. A los hijos les gusta sentirse orgullosos de sus padres y la felicidad de los niños está por encima de todo.

Si es su caso, siéntase siempre satisfecho con lo que haga su niño, gane, pierda o cometa errores. Que su hijo sea deportista y le guste más jugar al fútbol que estar en calle haciendo a saber qué cosas ya debería ser, cuanto menos, motivo de satisfacción para un padre. Felicítele por participar más que por competir, pues a  partir de fútbol-11 ya habrá momento para las rivalidades, la exigencia y rencillas. Recuerde que su hijo hace deporte para divertirse él, no para que lo haga usted.

En definitiva, los padres deben respetar la figura del entrenador sin entrometerse en sus decisiones y respetando su ámbito de actuación.

Por su parte, los técnicos deben aprovechar las muchas oportunidades formativas que aporta el entrenamiento y la competición. Deben estar lo suficientemente formados, no sólo en contenido futbolístico sino también en contenido pedagógico para entender que al fútbol se aprende jugando, no escuchando voces. Los niños van a jugar, no a reproducir conductas. Los entrenamientos activos promueven un aprendizaje dinámico, por lo tanto, menos hablar, menos pizarra y más entrenamiento con balón.

En cuanto al día de partido (hablando siempre en lo que a fútbol-8 se refiere) no deja de ser una sesión más de entrenamiento, donde el resultado es importante pero no fundamental. No vale ganar a cualquier precio. El fin no justifica los medios. El niño es el verdadero protagonista y por lo tanto hay que respetar su nivel madurativo. Por eso, cuando el niño tenga la oportunidad de jugar, claro que debe ser exigido pero siempre  bajo un prisma formativo.

Otro sujetos importantes en la ecuación, son los directores técnicos, quienes deberían evolucionar para ser capaces de mantener una comunicación abierta y productiva con los progenitores. Trabajar con padres no es una pérdida de tiempo, sino una tarea necesaria en cualquier programa infantil que quiera tener éxito. No se trata de darles charlas para cumplir, sino diseñar un programa de actividades específicas para padres a lo largo de la temporada. En esta categorías tan tempranas, los directores técnicos deben asumir también su responsabilidad de educadores y saber que no dirigen a deportistas profesionales, sino a jóvenes a los que deben respetar y formar como personas. Proporcionarles información sobre el fútbol en edad escolar, las características de los deportistas jóvenes y los beneficios/perjuicios que pueden obtener… Es necesario involucrarlos, darles su espacio y hacerles ver cómo pueden ayudar. Si los padres también juegan (y nos guste o no, así es), tenemos que entrenarlos también para que su rendimiento sea bueno. Hay que educarlos, no ignorarlos.

Para finalizar, es evidente que la influencia de los padres en sus hijos existe y es muy fuerte, y además es lógico que quieran saber y opinar, ¡son sus hijos! No tenemos que apartarlos sino integrarlos. La educación deportiva de los padres también debe existir y debe estar comprometida con promover una serie de valores que permitan a su hijo descubrir su propio valor/potencial, pudiendo así aportar lo mejor de ellos mismos al servicio del equipo y del club. Para trabajar de una manera responsable en la formación de un incipiente futbolista, debemos ayudar especialmente a los padres a que colaboren activamente para que el paso de sus hijos por el deporte sea lo más satisfactorio posible, así cuando sean adultos decidirán seguir practicando deporte en su tiempo libre. Y si uno de sus hijos consigue ser futbolista profesional, ¡enhorabuena! Aunque, es una felicitación a medias, porque entonces sus preocupaciones serán otras. Pero eso ya es otro cantar…

PD. Recomendación del último libro de José María Buceta: “Mi hijo es el mejor, y además es mi hijo”

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