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Carta abierta a los ‘todo en uno’: entrenadores de fútbol base y sus funciones

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Foto: Paco Polit

¿Cuál es el trabajo de un entrenador de fútbol base? Es decir, su ‘verdadera’ función. Entrenar, planificar las sesiones, llevar a cabo los cambios en los partidos… ¿Sólo eso? La pregunta fue lanzada (y contestada) por el míster madrileño Fran Garrido, con enorme difusión entre el resto de técnicos en redes sociales:

Alguien ajeno al mundillo podría pensar que la reflexión de Garrido es una exageración, aunque la mayoría sabemos que -por desgracia- refleja la realidad mucho mejor de lo que nos gustaría admitir.

Las estrecheces económicas de la gran mayoría de clubes de fútbol base en España obligan al entrenador a ejercer ocho, diez, quince roles diferentes dentro del equipo. A ser un ‘todo en uno’. Muchas veces, con una remuneración escasa o inexistente.

El entrenador de fútbol base moderno, formado, con inquietudes y ansia de aprendizaje, posee unas capacidades muy superiores a los de hace veinte o treinta años. Eso, que debería ser una ventaja a la hora de conseguir ejercer su profesión, acaba siendo una ‘trampa’ en la que la vocación le hace caer a menudo: encargarse de tareas que escapan a su responsabilidades porque, en la mayoría de casos, no existe otra figura que pueda ejercerlas dentro del cuerpo técnico.

El entrenador de fútbol base en 2018 se encarga de entrenar a sus jugadores de campo, sí, pero también a sus porteros con ejercicios específicos para buscar su mejora técnico-táctica. Revisa en primera instancia a sus jugadores cuando sufren un golpe o torcedura cual ATS, y muchas veces llevan encima ellos mismos el ‘agua milagrosa’ o el Reflex en spray. Se encarga de los papeleos, de mostrar las fichas al árbitro, de que los balones no se pierdan, de llevar a buena parte de sus jugadores al partido cuando es en otra localidad y de asegurarse que toda la plantilla va correctamente uniformada. Delegado, gestor, encargado de material, taxista y utillero, todo a la vez. En ocasiones, un tercer padre para muchos de sus jugadores.

En lo deportivo, toca ser psicólogo cuando un niño no juega todo lo que querría, u otro muestra actitudes egoístas y quiere marcar todos los goles, o cuando todo el equipo se retira apesadumbrado tras haber encajado una derrota muy abultada. En esos casos, no queda otra que aguantar el ‘chaparrón’ de unos padres que a veces tienen expectativas demasiado elevadas, cuando no directamente irreales. Las críticas llegan por cualquier cosa: por no poner a mi hijo, por no poner a mi hijo junto a este otro chaval con el que se lleva tan bien, por darle a mi hijo pocos minutos o por colocarle en un puesto en el que creo que no debe jugar. Las críticas siempre van en la misma dirección.

El entrenador de fútbol base en 2018 siempre pende de un hilo, pendiente de ver dónde está el talento en lugares donde los demás sólo ven niños jugando al fútbol. Se encarga de ojear, de analizar, de tomar notas y de -llegado el momento- captar a ese jugador que no destaca en un club, pero a quien se puede hacer brillar con el trabajo adecuado. Toca entonces hablar con los padres, hablar con el club de procedencia, hablar con el club propio. En categorías más avanzadas como Cadetes o Juvenil, hay que bajar al barro y ver fútbol sin parar mientras se busca a esas piezas en forma de jugadores de refuerzo que puedan otorgar al equipo ese salto de calidad.

Todo lo anterior es sólo una pequeñísima parte de las tareas de un entrenador de fútbol base, tal y como lo explica Garrido. Y a la hora de retribuirlo… Bueno, mejor dejémoslo en que aquellos que cobran dinero por todo lo anterior son unos afortunados. No hablemos de los que tienen un salario digno: eso ya es casi un milagro.

Paren. Piensen. Reflexionen antes de criticarles.

Y valórenlos.

Valoren a sus entrenadores de formación.

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