No para. Y da miedo. El Villarreal C es el equipo más dominante del grupo VI de Tercera RFEF logrando el mejor inicio de su historia como segundo filial groguet: 24 puntos en 9 jornadas. Nunca antes había logrado este puntaje que le hace estar en el primer puesto con 5 unidades de diferencia con respecto al segundo clasificado, el Atlético Levante (único equipo capaz de ganarle esta temporada). Estamos en noviembre todavía y queda mucha tela que cortar, pero las sensaciones son inmejorables. No solo juega bien y tiene un porcentaje de acierto altísimo, sino que cuando está en el alambre, sobrevive y pone la puntilla: se vio contra el Utiel en un duelo muy complicado que decidió Mauro Roca en el descuento. También va Torrellano el pasado finde con un gol de Serigne Ndiaye en el 93′ que sirvió para ganar (2-1). Todo le sale bien a este Villarreal C que quiere subir a Segunda RFEF por primera vez en su historia a la vez que el minisubmarino va a intentar ascender a La Liga Hypermotion.
Hay factorías que destilan oro, y luego está Miralcamp, donde el fútbol se ensaya como un lienzo y se esculpe con la paciencia de los orfebres. En los rincones sagrados de la Ciudad Deportiva José Manuel Llaneza, el Villarreal C no solo está compitiendo; está escribiendo una partitura celestial que ya resuena con ecos de récord histórico absoluto. Bajo la batuta invisible de una idea innegociable, este equipo respira con la insolencia de los elegidos y la sabiduría de los veteranos. Si la defensa es el arte de apagar incendios antes de que nazcan, bajo los palos brilla la figura gigantesca de Pau Polo.

Con sus casi dos metros de seguridad, el guardameta es una muralla de admantio que desafía la ley de la gravedad y el gol, sosteniendo victorias con paradas imposibles que valen oro puro. Gastón Íñigo es el Maestro Splinter que enseñaba su sabiduría a las Tortugas Ninja. Experiencia y veteado en el oficio de ser central. Está siendo importante y está potenciando a sus compañeros como Aran Vidal, que es una de las mayores sorpresas. El lateral catalán parecía ser un recurso juvenil que aportase frescura, pero se ha convertido en un jugador fundamental para Cifuentes. 9 titularidades consecutivas siendo 08. Férreo, formal y con una tendencia ofensiva que sorprende a propios y extraños.
Guille Anadón está dando un paso al frente y oposita a ser el acompañante de Gastón mientras que en la sala de máquinas, el compás lo marca la elegancia táctica de Saúl Rodríguez. El joven centrocampista equilibra el latido del equipo con una clarividencia impropia de su edad, cosiendo la defensa con el ataque con la precisión de un cirujano y robando balones con la voracidad de un indomable. Escoltado por un Roberto Owono, convertido en un rottweiler con pedigree que va a todas. Jaume Ibars siendo ‘perro viejo’ y Kevlin Henry perforando porterías y teniendo esa ‘mala baba’ y pocas vergüenza necesaria en esta categoría. Repetir con él en Tercera RFEF ha sido como dar en el centro de la diana. Se entiende fenomenal con Cerve.

Y precisamente, cuando la pelota asoma los dominios del fuego, el repertorio ofensivo se desata con nombres propios que quitan el aliento. Por un lado, la desfachatez y el desborde indomable de Mario Cervera, un delantero letal que huele los espacios como nadie y convierte cada transición en un suplicio para las retaguardias rivales. Por el otro, el talento en ebullición de Mauro Roca, el colmillo afilado de una vanguardia grogueta que no conoce la compasión ante la portería contraria. Luego Sergio Barrera, como un velociraptor, y Arjona, en modo killer, suman desde el banquillo para acabar de machacar al rival. A este C no le falta nada de nada.
Pero el verdadero secreto de este barco no reside únicamente en su XI de gala, sino en la profundidad de un fondo de armario que contagia un hambre voraz. La segunda unidad aprieta con una ambición desmedida, encarnada en perfiles como el todocampista Serigne Ndiaye —puro despliegue físico abrumador aderezado con una técnica exquisita— o un Andero Karees que, tras desembarcar desde el fútbol letón, ha hecho valer su 1,90 de envergadura con una adaptación veloz y brillante al ritmo de la categoría. Si a eso le sumamos la irrupción sin complejos de juveniles como Fodé Minité, cuyo debut es solo el tráiler de todo lo que aportará este curso, la conclusión es demoledora: juegue quien juegue, la sinergia no se resiente. La dirección deportiva ha moldeado un engranaje perfecto que equilibra la madurez justa con un descaro juvenil insaciable donde todos, sin excepción, salen al verde con una única premisa entre ceja y ceja: morder y ganar.

El equipo de Cifu es una sinfonía de juventud, talento desbordado y fe ciega. Queda mucho trayecto por recorrer en este camino de baldosas amarillas, pero cuando el talento se alinea de esta manera, el horizonte deja de ser una incógnita para convertirse en una promesa cumplida. El ascenso a Segunda RFEF ya no es solo un objetivo deportivo; va camino de ser la justa coronación a una obra de arte colectiva que pide a gritos tocar el cielo. Si algo enseña el fútbol de formación es que el talento sin constancia es solo un destello efímero; pero cuando la calidad de unos juveniles sin techo se alía con la convicción colectiva, el resultado es devastador. Este Villarreal C avanza por la competición como un rayo láser cruzando una habitación a oscuras: con una dirección precisa, una potencia deslumbrante y la capacidad absoluta de atravesar cualquier obstáculo sin desviarse un solo milímetro de su objetivo. El billete a Segunda RFEF aguarda al final del camino, y esta camada de jóvenes gladiadores amarillos está más que lista para reclamar lo que es suyo por derecho propio.

