De todos es sabido que el Balón de Oro es el premio individual de más prestigio que se otorga en el mundo del fútbol desde hace muchos años. Supuestamente comprende la temporada regular desde septiembre del año anterior hasta el fin de cualquier torneo estival del siguiente año natural -de este año estaríamos hablando hasta el final del Mundial- y se suele condecorar al «mejor jugador» del mundo de la temporada.
Como todo lo que está pasando en la vida, en el fútbol estamos sufriendo una parametrización del deporte, es decir, lo cualitativo también se está intentando ordenar con fórmulas, números y ecuaciones de rendimiento. Se busca cuantificar lo que hasta la fecha solo se podía medir desde la opinión subjetiva y humana que generaba una disparidad de opiniones que daba ese matiz romántico que solo la opinión y el buen gusto hacen posible. Conversaciones repletas de opiniones como las típicas sobremesas después de la la paella familiar de los domingos o en la misma barra de cualquier bar de cualquier barrio y de cualquier ciudad.

No recuerdo en qué momento empezamos a buscar explicaciones numéricas a lo que antes -y bajo mi opinión, nunca tenía que haber desaparecido- se le otorgaba al jugador de más calidad, al diferente, al potrero que tenía «tierra en el bolsillo», a aquel por el que «merecía la pena pagar una entrada». En definitiva, a aquel jugador que te hacía levantarte de la silla cuando tenía la pelota.
Hoy en día para ser candidato real al Balón de Oro también se miden los títulos colectivos, goles y asistencias. Una justificación estadística que hace que estemos perdiendo lo de valorar la magia en detrimento del rendimiento medible. Cuando era juvenil tuve un entrenador que decía «a partir de 3/4 de campo que desaparezca el orden y aparezca la magia». Qué pena me da mirar el fútbol actual y ver qué hemos sustituido a los magos por obreros del balompié.
Evidentemente, Harry Kane es más que merecedor de este balón de oro, por trayectoria, por goles, por méritos y, sobre todo, por como ha conseguido convertirse en un «futbolista total» a las órdenes de Kompany en el Bayern de Munich, bajando a recibir en línea de creación y siendo la piedra filosofal de unas permutas de posición tácticas que no se habian visto desde la selección neerlandesa de Rinus Michels. Sin embargo, pese al indiscutible merecimiento del ganador, algunos románticos como yo lloramos por la magia que se está perdiendo y los criterios que se usan para votar en el balón de oro hacen que ya solo importe el qué se consigue cuando se juega y no el cómo se juega para conseguirlo.
