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‘¿A qué escuela de fútbol debo apuntar a mi hijo?’

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Por una vez nos salimos de la vertiente informativa de ESPORTBASE y nos tiramos de cabeza al ámbito de la opinión. Hacerlo de vez en cuando no sólo es refrescante; también, bastante necesario. Especialmente si el tema en cuestión se repite año tras año, verano tras verano, en el seno de nuestra redacción.

Los periodistas somos personas: trabajamos, dormimos y comemos como los demás. Y también tenemos opiniones, casi siempre basadas en la información que trabajamos. En nuestro caso, fútbol base y deporte formativo. Por eso, cada vez que llega el mes de junio y desde el año 2016, se suceden una serie de mensajes -casi siempre Whatsapps or DMs por Twitter- de padres que se muestran preocupados respecto al futuro de sus hijos en el deporte.

“¿A qué escuela de fútbol debería apuntar a mi hijo?”

No siempre es esa la pregunta. A veces deriva en una “¿cambiarías a tu hijo de la escuela X al club Y?” o al similar “me han llamado de la Academia Z para hacer una prueba al chaval, ¿sería bueno para él?”. No sólo me llegan a mi; también al resto de redactores e incluso a alguno de los socios del periódico. El fútbol base es un universo enorme, muy amplio, pero en el fondo muy familiar. Todo el mundo se conoce. Y claro, las dudas y el asesoramiento es algo que cualquier padre que quiera lo mejor para su hijo deben plantearse.

Y por todo ello surge este artículo. Porque mis respuestas, casi siempre, suelen ser similares. Y porque, ya que las comparto con ellos, no sería mala idea compartirlas con los demás lectores.

Advertencia: no hablamos de ninguna verdad absoluta ni certezas universales porque cada niño y cada situación son un mundo. Tampoco soy psicólogo deportivo ni especialista. Soy periodista, soy educador y hablo sólo con el aval de cuatro años viendo e informando fútbol base a diario.

1. ¿Qué quiere realmente tu hijo?

Os sorprenderíais de la cantidad de padres que preguntan sobre la idoneidad de cambiar a su hijo de escuela de fútbol (¡o de fútbol sala!) o no… sin haber siquiera consultado con el propio menor. Sí, con el niño o niña. Que tengan solamente 6, 8 u 11 años no le resta validez al hecho de que estas personitas sí tienen una opinión. A lo mejor no quieren cambiar de escuela de fútbol. A lo mejor están muy a gusto en la escuela de su barrio, jugando con los chicos y chicas que conocen desde hace años. Es la primera recomendación que suele venirme a la mente: habla con tu hijo o hija. Plantea la cuestión de manera sencilla. ¿Te gustaría jugar en otro sitio? En caso de que el pequeño tenga talento, ¿te gustaría un poco más de exigencia, que los equipos rivales sean más fuertes? Preguntas que, seguramente, el menor ayudará a responder sin demasiada dificultad.

2. Cercanía geográfica

“Quiero cambiar a mi hijo del equipo del barrio a la gran Academia Z, que entrena en Massanassa” (por poner un ejemplo ficticio). Vale, perfecto. Pongamos que tu hijo está conforme. ¿Eres consciente del compromiso que estás adquiriendo, querido padre o madre? Definitivamente, no es lo mismo bajar cinco minutos a llevar al niño a entrenar al lado de casa que montarte en el coche y llevarlo dos o tres veces por semana a la otra punta de la ciudad o, incluso, a otra localidad. De manera bastante cruda, siempre comparo -espero que nadie se enfade- la práctica de un deporte formativo con el hecho de tener un animal doméstico. Ambas actividades conllevan una preparación (las bolsitas del perro, la mochila con el equipaje de entrenar), un tiempo (bajar al perro a hacer ‘sus cosas’, llevar a tu hijo en coche a entrenar), unos sacrificios (pasear al perro en días de lluvia, madrugar los sábados para llevar a tu hijo al partido), unas obligaciones… Tener a tu retoño en la escuela ‘de tu barrio’ tiene ventajas (mismo grupo de amigos jugando y fuera del campo, cercanía geográfica, relación con los otros padres) e inconvenientes; uno de ellos, quizá, que el niño no entrene ni juegue al nivel de competitividad que te agradaría.

3. Edad y carácter del niño

Ni todos los clubes son iguales, ni todos los entrenadores son iguales, ni todos los niños son iguales. En este último caso, conviene que los padres piensen largo y tendido respecto a los efectos del cambio en el pequeño. ¿Va a ser su primera experiencia en el fútbol base? Y, de ser así, ¿se trata de un niño tímido o más bien dicharachero y abierto? En otros casos, el pequeño ya tiene un entorno generado de años de contacto con otros chicos; cambiarle de club puede desestabilizar ese entorno que percibe como ‘suyo’ y seguro. También la edad es un factor capital: el niño pequeño tiene más facilidad para cambiar de equipo y hacer amigos y generar nuevas relaciones interpersonales con rapidez. En cambio, conforme crecen y se acercan a la adolescencia, el menor es menos receptivo de cambiar de camiseta, porque también implica un cambio “de amigos” en un momento de su vida en el que muchas de sus futuras características se van a perfilar y definir.

4. Fútbol-8 y fútbol-11

En uno de los últimos lugares de la lista está una percepción más personal que basada en datos, y que suelo sacar a la palestra dependiendo de los objetivos del padre o madre en cuestión. ¿Cuál es el objetivo del cambio? Muchas veces los padres no están satisfechos con la manera de formar a su pequeño futbolista en una escuela, y quieren un cambio. Respetable. En otras, sin embargo, entra el factor de la competitividad. “Quiero que se pruebe en un equipo más potente y que se mida a rivales más exigentes”. También es un objetivo lícito. Pero, en el camino hacia la formación plena y la posibilidad -remota, recordemos, porque la estadística no engaña- de que tu talentoso hijo acaba dedicándose al fútbol de forma profesional, siempre utilizo la barrera invisible de las dos modalidades de fútbol como otra buena vara de medir. Querer que tu hijo o hija aumente su nivel de exigencia en una gran escuela de un gran club en edad (por ejemplo) Benjamín supone forzar la máquina demasiado. El fútbol-8, que se practica hasta el segundo año de Alevines (11-12 años), no está diseñado para la competición pura y dura. El salto viene al año siguiente, ya en fútbol-11 y en el primer año de Infantiles. Por eso, el consejo para padres es: si quieres que compita de verdad, que se pruebe de verdad, que de su nivel futbolístico de verdad… espera a que llegue al fútbol-11. Si es bueno, los grandes clubes se fijarán en él. Pero no le ‘destruyas’ su etapa formativa en fútbol-8 (para muchos, entre los que me incluyo, la más divertida y agradable) a cambio de moverlo como una peonza de escuela a escuela cada verano. No compensa.

5. ¡Prueba!

Llegados a este punto, ya tenemos toda la información sobre la mesa. Y ni siquiera he entrado a valorar el concepto de ‘becas’ por jugar, dado que si cambias a tu hijo de escuela solamente por el hecho de que te va a salir gratis no estás pensando en su beneficio, sino en el tuyo. Tampoco la necesidad de que la actividad deportiva esté aparejada a un buen rendimiento académico, que debería ser algo fuera de toda duda. OK, ¿qué podemos hacer? Como última recomendación, dos cosas: la primera, se honesto y sincero con el club en el que actualmente está tu hijo. Ve de cara. Habla con el entrenador o director deportivo de tu actual club, coméntale la situación y no tengas miedo en exponer las razones para un hipotético cambio de aires. Pero avísales. Juega limpio. El 99% de los clubes, cuando un padre va de cara, son siempre razonables. Y la segunda: antes de tomar una decisión sobre el nuevo club… ¡déjale al niño que lo pruebe! Antes de comprarte un coche, el concesionario te lo presta para que le des una vuelta. Antes de adquirir un televisor, la tienda te deja que lo mires en el expositor y te explica hasta el más mínimo detalle. Antes de cambiar de escuela, ve con tu hijo o hija una tarde y habla con el técnico, coordinador o director deportivo responsable. Por regla general, a final de cada temporada y a principios de la siguiente hay jornadas de puertas abiertas o de pruebas para que cualquier chaval pueda integrarse en un entrenamiento, conocer el vestuario, el ambiente en el equipo, percibir el trato con su entrenador y muchos detalles más. Y al terminar la prueba, pregúntale. ¿Has estado a gusto? ¿Te ha gustado el campo nuevo? ¿Y el entrenador? Volvemos al punto 1 de este artículo tan personal: si el niño va a ser quien realice el cambio, lo más justo -con él y contigo- es que tenga capacidad de decidir en cierta medida lo que más le gusta.

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