Un padre (B) ve cómo el equipo de su hijo está siempre en las primeras posiciones de sus grupos, a lo largo de varios años. Más o menos siguen cada temporada los mismos jugadores; y su hijo es uno de los que suele destacar, o al menos eso dicen desde que era pequeño. Su padre le repite constantemente que tienen que seguir igual que siempre, porque les ha ido bien; y también diferencia entre los “buenos” (entre los que está su hijo) y otros que no son tan buenos; sin fijarse aparentemente en que hay otros jugadores que han evolucionado y que su aportación deportiva y al grupo es distinta a la que se entendió desde los inicios de ese conjunto de jugadores.
Otro padre (A) de ese mismo equipo, cuyo hijo también es considerado de los “buenos”, comenta habitualmente la evolución que han tenido todos los jugadores. Le gusta analizar cómo unos miembros de ese equipo han cambiado de rol y son cada vez mejores. Además, comenta con su hijo las cosas que ha mejorado y qué cosas podría mejorar, siempre de manera constructiva, transmitiendo las ganas de evolucionar y plantearse retos nuevos.
La psicóloga e investigadora Carol Dweck, desarrolló, desde ya hace unos cuantos años, los conceptos de mentalidad fija y de mentalidad de crecimiento (sobre todo este último).
Cuando una persona actúa desde una mentalidad fija (por ejemplo, el padre “B”), tiene la idea de que diferentes cualidades personales básicas como la inteligencia u otras habilidades, forma de ser… son estables y no se pueden mejorar: los éxitos piensan que vienen determinados por ese talento innato. Estas personas funcionan de manera que evitan el fracaso, intentan parecer inteligentes, no les gustan los retos y tienen creencias limitantes respecto a lo que pueden y no pueden hacer. Les gusta, además, documentar logros pasadospara demostrar su aparente valía, aludiendo a lo que hicieron o a sus supuestas capacidades en lugar de ofrecer todas las posibles soluciones para lo que están haciendo en ese momento. Quieren mantenerse “anclados” en una forma de ser fija y controlar lo que está alrededor para que nada cambie.
En cambio, en la mentalidad de crecimiento (como el padre “A”), las personas que actúan desde esta perspectiva creen que se pueden desarrollar y mejorar habilidades desde la práctica y la experiencia. La vida, desde esta mentalidad, se convierte en un reto ilusionante constante para mejorar y seguir avanzando. Además, desde la neurociencia sabemos que el cerebro crece infatigablemente y necesita estimulación para seguir avanzando, lo que está en la línea de mantener una mentalidad de crecimiento.
De esta forma, si un joven deportista actúa en base a una mentalidad de crecimiento (tipo “A”), cuando se le plantee una actividad, querrá hacerla, no tendrá miedo a que los demás se rían de él, y se alegrará de haberlo intentado, estando además más “fluido” a la hora de hacer las cosas, por lo que seguramente rendirá más. Le gustan las críticas constructivas, que le digan en qué puede mejorar, y le ilusiona qué hacer para avanzar. No siente que se le evalúa a él como persona, y sí lo que ha hecho que además puede mejorar. En el momento en que encuentra una dificultad, busca la manera de encontrar la solución para superarla. Le gusta ver cómo los demás mejoran y triunfan, porque sabe que, si los demás avanzan, él también avanzará y además puede aprender del triunfo de otros. Siente que quiere avanzar y le gusta aprender con ilusión y creatividad.
En cambio, si actúa en base a la mentalidad fija (tipo “B”), no querrá asumir una responsabilidad en un momento determinado del partido por miedo a cometer errores, a que hablen mal de él y a no cumplir con lo que se espera de él, por lo que será mucho más conservador y lo pasará mal ante un reto que se le plantee. Si, por ejemplo, un entrenador le critica o le dice cómo mejorar un aspecto de su juego, se lo tomará como algo personal (pensará que se le evalúa a él, y no lo que hace) y tendrá emociones desagradables, buscando justificar lo que le pide su técnico en lugar de tomarlo como una oportunidad para aprender, por lo que evita la retroalimentación. En el momento en que encuentra una dificultad, se para y busca hacer otra cosa donde se sienta más seguro. Si sus compañeros avanzan y tienen éxito, se siente amenazado porque ve eso como una presión para sí mismo, y su estatus fijo que tiene.
En nuestra sociedad actual, es cada vez más importante fomentar una mentalidad de crecimiento, ya que los cambios constantes a los que nos enfrentamos, sobre todo relacionados con las nuevas tecnologías, necesitan de personas que afronten las dificultades como retos, buscando soluciones, en lugar de mantener una idea fija de funcionamiento que evite avanzar. De ahí la importancia de que, en el deporte de base, se fomente este tipo de mentalidad, ya que aquello que se aprende en el deporte, se transfiere a otros ámbitos de la vida.
Para desarrollar la mentalidad de crecimiento, la doctora de la Universidad de Standford, Carol Dweck, sugiere que entrenadores, padres, profesores… favorezcan las siguientes estrategias:
- Reforzar el esfuerzo, independientemente de los resultados conseguidos.
- Alentar a que realicen actividades que le interesen a los más jóvenes.
- Fomentar la ilusión e interés por aprender.
- Desarrollar desafíos interesantes y no amenazantes.
- Valorar la evolución propia y de otros.
Ciertamente, no actuamos en base a una única mentalidad siempre; sino que elegimos una de las dos en función de nuestro aprendizaje y lo que en ese momento escogemos. De ahí la importancia de enseñar y acostumbrar a los jóvenes deportistas a que actúen en base a esa mentalidad de crecimiento que favorece el buen funcionamiento, la mejora constante, y el poder adaptarse de manera constructiva ante los nuevos retos. Depende de cada uno de nosotros.
David Peris Delcampo (@dperisd)
Presidente Federación Española de Psicología del Deporte
Presidente Associació de Psicología de l’Esport de la Comunitat Valenciana (APECVA)
Profesor de la Universitat de València
Entrenador N3 TDS de Fútbol y Futsal
Psicólogo Experto en Psicología del Deporte
