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Generalitat tensó tanto la cuerda con el deporte federado… que acabó rompiéndola

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Una de las múltiples conversaciones mantenidas estos meses con gente del deporte base de la Comunitat Valencia reflejaba una realidad triste pero, a la vista de los hechos, absolutamente contrastada: la percepción del deporte como algo totalmente secundario y residual por parte de ciertos miembros de peso de la clase política de nuestro territorio.

¿Deporte base? ¿Eso qué es? Lejos de los grandes titulares y focos apuntando al fútbol de Primera División, a los grandes eventos deportivos (como la Copa de la Reina de basket femenino celebrada hace unos días) y a la visibilidad de las disciplinas mayoritarias, a la formación siempre se la arrincona a un rol de mera comparsa. Y como tal se la está tratando en tiempos de pandemia.

Gran parte del problema tiene que ver con la escasa consideración que muchos agentes de la sociedad tienen hacia el deporte formativo, al que asocian una imagen trasnochada y caduca más propia de aquellas insípidas y grises clases de gimnasia obligatoria típicas de la dictadura (dar vueltas al campo, saltar el potro en gimnasia, etc) en lugar de reconocer lo vibrante, estimulante, motivador y beneficioso que es para los niños el deporte base en la actualidad.

Sirva el anterior prólogo para contextualizar por qué tenemos que lidiar con una incomprensión y falta de consideración casi a diario desde un sector determinado de los políticos de la Comunitat. No saben de deporte, no conocen el deporte, no se preocupan por aprender de deporte y, por encima de todo, no le guardan al deporte el respeto que deberían. Igual que en el periodismo tradicional se estableció aquella infame coletilla a mediados de siglo pasado (“el que vale, vale; y el que no, a Deportes”), en la política -donde casi todo se mide en el potencial retorno en votos o simpatía- se decidió hace ya tiempo que la educación era muy importante, que la sanidad era muy importante… y que el deporte… “bueno, eso son los extraescolares del colegio, ¿no?”

La pandemia ha supuesto la oportunidad perfecta para que la clase política le demostrase al pueblo que había aprendido de sus errores. Para variar, no sólo no la han aprovechado, sino que han decidido emprender el camino contrario. Dejando a un lado la hostelería, el sector del deporte ha sido con diferencia uno de los más golpeados, vejados, castigados y criminalizados en los últimos 12 meses. Niños encerrados en sus casas sin poder entrenar, entrenadores al paro, escuelas desaparecidas o con serios problemas para poder abrir la persiana…

Cuando la incidencia de los contagios era elevadísima, todos éramos conscientes del esfuerzo colectivo que había que realizar. Y lo realizamos. Cuando la incidencia de los contagios es baja y las leoninas restricciones se mantienen, queda claro que alguien toma decisiones sin tenernos en cuenta, o bien lo hace directamente con una carencia total de empatía por la situación del deporte base.

Que sí, que gobernar es muy difícil. Lo tenemos todos clarísimo. Pero, ante semejante despropósito, me gustaría detenerme en la postura mantenida por clubes, escuelas, jugadores, familias y la propia FFCV. Desde Navidades, cuando una mezcla de incompetencia legislativa e irresponsabilidad ciudadana nos regaló por Reyes el inicio de la tercera ola de contagios, el ente federativo fue el primero en poner la tirita antes de la herida y suspender las competiciones sin que ni Generalitat ni Sanitat lo dictaminasen. Fue un gesto de solidaridad y comprensión para ayudar a las autoridades sanitarias. Se les dio la mano.

En lugar de agradecerlo, Sanitat se cogió el brazo entero.

Y así hemos pasado dos meses: con una tasa de contagios inferior al 0,3% (menos de 3 infecciones de cada mil casos se producen en el ámbito deportivo) y con instalaciones cerradas, niños y niñas inhabilitados para hacer actividad física al aire libre (con su correspondiente sedentarismo aparejado), escuelas formativas un pasito más cerca de la ruina económica, comportamientos modélicos en los recintos (mascarillas, dispensadores de gel hidroalcoholico, flujos de personas, distancia de seguridad…) sin premio por parte de la administración y la sensación, con el paso de las semanas, de que cuanto más quieres ayudar a las autoridades y más quieres poner de tu parte, peor te tratan.

Ya hubo un amago de revuelta hace quince días cuando la redacción del DOGV llevó a la confusión a la FFCV y a centenares de escuelas de fútbol base. Todo gracias a la manía de emplear terminología específica del ámbito educativo (“edades Infantil y Primaria”) en lugar de contar con algún técnico especializado entre los asesores que le pueda sugerir al señor Marzá (sobre todo al señor Marzá) que, en jerga deportiva, todo el mundo sabe las edades de los niños “prebenjamines”, “benjamines” o “alevines”. Pero lo de este jueves supuso ir un paso más allá.

Que el President de la Generalitat y la Consellera de Sanitat (son ellos, al fin y al cabo, los que dieron la cara en público) permanezcan ajenos a la realidad social de miles de familias con niños en deporte federado es un desliz que demuestra una ausencia absoluta de consideración y de respeto hacia este sector, sacrificado como pocos y que ha sido absolutamente ejemplar a lo largo del último año. Pocos sectores hay más concienciados de las medidas de seguridad… y, sin embargo, se sigue sin reemprender la competición federada.

La gente se ha cansado. La FFCV se ha cansado. Las familias, clubes, escuelas y jugadores se han cansado. Quieren justicia con el esfuerzo realizado estos meses y que se retomen las competiciones. Sólo hay que palpar los ánimos en redes sociales para darse cuenta. Y cuidado con la fuerza movilizadora del deporte base y su importancia, a pesar de que la política haya optado por ignorarlo. Los dirigentes han tenido mil y una ocasiones para, por las buenas, otorgar al deporte formativo la relevancia social que merecía. Ahora, tras tensar la cuerda hasta romperla y a menos que haya una rectificación de Sanitat sobre la bocina, podrían acabar descubriéndolo por las malas.

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